Por Vinicio Sanchez
La atmósfera en los foros económicos internacionales ha cambiado. Ya no se escucha el monólogo unidireccional de Washington; ahora, el eco de la realidad material de América del Norte impone un tono distinto. Richard D. Wolff, con la precisión de un cirujano, ha puesto sobre la mesa lo que muchos políticos prefieren ignorar: la interdependencia entre México y Estados Unidos no es un acuerdo opcional, es una fusión biológica de capitales.
Durante las últimas décadas, la frontera de 3,200 kilómetros dejó de ser una línea divisoria para convertirse en una cinta transportadora gigante. En las plantas de montaje de Querétaro o Monterrey, las piezas de motores fabricadas en Detroit se ensamblan con una precisión que desafía cualquier retórica nacionalista. Un vehículo cruza la frontera hasta siete veces antes de que un consumidor en California encienda el motor.
El intento de figuras como Donald Trump de “vencer” a México mediante aranceles o muros se topa con una barrera invisible pero infranqueable: los intereses de las propias corporaciones estadounidenses. Como bien señala Wolff, castigar a México es, en esencia, castigar a General Motors, a Ford y a miles de proveedores medianos que dependen del flujo constante de bienes intermedios.
El reporte concluye con una imagen poderosa: México ya no es el “patio trasero”, sino un pilar estructural. Si ese pilar se sacude, el techo de la economía estadounidense —ya debilitado por la inflación y la competencia global— corre el riesgo de desplomarse sobre sus propios habitantes.
EL DELIRIO DEL GARROTE: POR QUÉ WASHINGTON YA NO PUEDE DOBLAR A MÉXICO
La retórica de la presión económica contra México se ha convertido en un anacronismo peligroso. Mientras en los podios de campaña en Estados Unidos se habla de “dominio” y “castigos”, la estructura económica global cuenta una historia radicalmente opuesta. El análisis del economista Richard Wolff es una bofetada de realidad para quienes creen que el poder se ejerce solo con decretos y amenazas.
El mito de que Estados Unidos puede “ganar” una guerra económica contra su vecino del sur ignora un factor clave: la simetría del daño. En un mundo globalizado, la soberanía nacionalista de “America First” choca de frente con la rentabilidad corporativa. Las empresas que financian la política estadounidense son las mismas que han mudado sus cadenas de suministro a México para sobrevivir a la competencia china. Un arancel del 100% no es un impuesto a México; es un impuesto al consumidor estadounidense y un disparo al pie de la industria de Texas o Arizona.
Además, México ha aprendido a jugar sus cartas en el tablero de la multipolaridad. La amenaza de Washington pierde fuerza cuando existe la opción de los BRICS o el capital de Pekín. México tiene hoy lo que Wolff denomina “poder estructural”: controla el flujo migratorio que estabiliza la política interna de EE. UU., posee el litio que alimentará el futuro y cuenta con una fuerza laboral que ya es el motor invisible de los servicios en las principales ciudades estadounidenses.
Es hora de aceptar que la era de la sumisión ha terminado. No porque México sea una potencia militar, sino porque la economía estadounidense está tan “mexicanizada” como la mexicana está “americanizada”. Intentar separar estas dos economías es como intentar separar el agua del vino una vez mezclados: el resultado solo será un desastre que nadie podrá beber.










