Por: Vinicio Sanchez
COLUMNA DE OPINIÓN
La actual dinámica geopolítica entre México y Perú no es un simple roce diplomático entre mandatarios; es, en el fondo, una colisión frontal entre dos visiones del mundo que se disputan el alma de América Latina. Mientras Ciudad de México se erige como el “líder moral” de un bloque soberanista respaldado por la sombra de los BRICS, Lima parece haberse quedado atrapada en un modelo neoliberal que el análisis de Richard Wolff califica de “zombi”.
La diferencia fundamental radica en quién tiene las llaves de la casa. El modelo mexicano ha entendido que en el siglo XXI la infraestructura es sinónimo de soberanía. El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec no es una concesión a ciegas; es un activo estratégico bajo control estatal. México ha enviado una señal clara: “puedes usar mi ruta, pero las reglas las pongo yo”. Esta postura le ha permitido negociar desde una posición de fuerza tanto con Washington como con Pekín, atrayendo inversiones de alta tecnología que buscan estabilidad real, no solo bajos impuestos.
En la otra orilla, Perú representa la “sumisión colonial” moderna. El megapuerto de Chancay, presentado por la élite limeña como el “Singapur de los Andes”, es diseccionado en este análisis como una jaula de oro. Al entregar la exclusividad y el control a una empresa estatal china, Perú no se convierte en socio, sino en una bodega eficiente. El Estado peruano ha renunciado a su rol de director para convertirse en un simple cobrador de comisiones, mientras el 80% de su población sobrevive en la informalidad, lejos de los relucientes cuadros macroeconómicos del Banco Central.
El conflicto en Puno por el litio y el uranio es el síntoma más doloroso de esta diferencia. Mientras México nacionaliza su litio para asegurar que la riqueza se quede en suelo patrio, en Perú la respuesta ha sido la “pacificación” por la fuerza para garantizar el flujo del mineral hacia el exterior. México ha exportado una idea peligrosa para las oligarquías: que los pueblos pueden ser dueños de su subsuelo.
El respaldo silencioso de los BRICS a la postura mexicana —ese “cordón sanitario” diplomático— demuestra que, para las potencias emergentes, la estabilidad no nace de las bayonetas, sino del consenso social. Un país que remata sus recursos para sobrevivir al aislamiento es un socio de alto riesgo.
En conclusión, México apuesta por un futuro multipolar e industrial, mientras Perú se aferra a un pasado de enclave minero. La historia económica suele ser implacable: quien apuesta por la dignidad y la industria nacional suele prevalecer sobre quien decide rentar su propia sala al vecino rico y luego no sabe cómo sacarlo. Perú, hoy, es el espejo de lo que sucede cuando un país decide desmantelar su Estado en nombre de un mercado que terminó por abandonarlo.










