Si el cáncer es una enfermedad que devora o maltrata vidas tristemente de un día para otro, la aparición del ese mal en niños es todavía más doloroso. Pero, a pesar de ello, el área destinada al tratamiento infantil del padecimiento en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología de La Habana, exorciza visualmente esa dolencia.Foto Jair Cabrera Torres
La Habana.

Oncopediatría
Tristeza sobre tristeza, si el cáncer es una enfermedad que devora o maltrata vidas tristemente de un día para otro, la aparición del ese mal en niños es todavía más doloroso. Robarle el futuro a un menor es una doble tragedia. La es para quien la sufre y para sus familiares.
Pero, a pesar de ello, el área destinada al tratamiento infantil del padecimiento en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología de La Habana, exorciza visualmente esa dolencia. En su salón de juegos hay un mural en el que un niño cabalga un alazán café, y esbozando una enorme sonrisa, blande su espada y enfila al animal rumbo al final de un arcoíris, como si el combate de su dolencia estuviera inevitablemente destinado a ganar su batalla.
Jair Cabrera Torres
En el centro del cuarto, cerca de las ventanas llenas de luz, una guagua de madera roja, lleva en su techo, un tesoro en forma de cargamento de globos y pelotas. Escritorios y pupitres están llenos de dibujos iluminados por los niños enfermos con los más intensos y variados colores. No hay en las hojas de papel pintadas con acuarela, ilustraciones en blanco y negro. La explosión de color en esas obras de arte, es una especie de conjuro contra la desesperanza.
Todas las paredes de esa área del hospital son una fiesta para la vista. No hay en ellas nada que recuerde el sufrimiento y el dolor de los pequeños y sus familiares. Se asemejan al más alegre salón escolar. Se diferencian del amarillo pálido de otras paredes del sanatorio.
Esta “decoración” pareciera un contrasentido para las dificultades que médicos y pacientes enfrentan en el tratamiento. Pero no lo es. La doctora Mariuska Forteza Saéz, responsable de oncopediatria, explica el porqué. “El niño que tiene cáncer, no es ya -dice- un niño que va a jugar o a ir a la escuela. Su vida social va a cambiar completamente. Y se necesita un extra para enfrentar eso. Se requiere acompañar a ese niño y a su familia con todo el apoyo psicosocial necesario, para que se reubique en su nueva realidad y acepte los tratamientos, que siempre son dolorosos y muy complejos. Se necesita que acepten que en su nueva vida va a haber aislamiento social”.
El Instituto es el centro rector para el tratamiento, investigación y cura del cáncer en Cuba. Uno de los nueve centros oncológicos y más de 46 unidades donde se trata el mal. Su sala pediátrica cuenta con 20 camas disponibles. En la actualidad atiende 12 niños. Muchos de ellos, no son de La Habana, sino de provincia. El servicio médico y las medicinas son totalmente gratuitas.

Una situación lacerante
El estrangulamiento energético de Donald Trump contra la más grande de las Antillas, ha provocado grandes carencias. El doctor Luis Curbelo Alonso, director del Instituto, lo explica así: “el oncólogo es un profesional que se va formando en el optimismo. No se da por perdido. Cuando ve una sobrevida de tres o seis meses, lo ve como algo grande, porque le prolongó la vida a ese paciente, con una calidad adecuada”.
Pero la asfixia trumpista atenta contra ese optimismo. “En unas condiciones como la de hoy -explica- uno tiene el conocimiento, la experticia, el equipo de trabajo para enfrentar algo que puede ser curable o puede ser controlable y, sin embargo, no tener el medicamento. Es algo muy lacerante como profesional, muy cruel. No nos podemos sentar con un paciente y de frente decirle: tiene esta enfermedad y no puedo hacerte nada. Eso no está en nuestra conciencia”.
La frialdad de las cifras habla por sí sola. Según el doctor Carlos Alberto Martínez, jefe de la Sección de Control del Cáncer en el Ministerio de Salud,
Cuba logró tener una sobrevida en los casos de los niños con cáncer del 80 por ciento. Una hazaña. Los países desarrollados logran una sobrevida de entre el 80 y el 90. Pero, con el bloqueo se han ido recrudeciendo las restricciones y eso ha hecho más difícil hacer sostenible esos resultados. De manera que, a partir de la limitación de recursos, han tenido que modificar los protocolos del tratamiento y, en vez de medicamentos de primera línea, utilizar medicinas de segunda línea Y eso ha hecho que esa sobrevida haya disminuido al 65 por ciento. Una cifra, por encima de los propósitos que hoy piden organismos internacionales.
Según la doctora Forteza, “la situación es muy grave en estos momentos. Ya lo era en cuanto a la adquisición de insumos y medicamentos. Pero ahora se recrudece más, y se complica con otros aspectos. Para los pacientes (como para nuestros trabajadores) el transporte y la alimentación son un problema. La falta de combustible los ha agravado. Los pacientes oncopediátricos -y los oncológicos en general- llevan una dieta diferente al resto de la población. Tienes necesidades diferentes. Ahora es más difícil acceder a esa comida. Algunos tienen familiares en el extranjero, y, a lo mejor recibían una ayuda, que hacía que su vida fuera un poco más llevadera dentro del ámbito hospitalario. Pero ahora esto tampoco está presente. Donde quiera que se ponga la mirada, hay una complicación extra a la que ya teníamos.
Por: Luis Hernández Navarro, enviado
Imagenes de Jair Cabrera Torres










